Política del Espectáculo

Son en estos momentos de relativa calma política en los que me pongo a pensar qué habrá pasado con esos fervientes seguidores políticos que hace unos meses no dejaban de preguntarme “y bueno… ¿por quién va a votar?”. Sólo recuerdo la mirada atónita de algunos de ellos cuando mi respuesta era un simple “yo no voto”. Parecía como si la sola respuesta resultara una afrenta, una agresión o hasta un insulto. Después de alguna expresión irónica seguía la segunda pregunta “ah sí… y ¿por qué no vota?”. Siempre quedaba en silencio unos minutos y, dependiendo de la persona que me lo preguntara, intentaba balbucear alguna respuesta o simplemente trataba de cambiar el tema. Y no es que no tuviera mis razones. De hecho dedico gran parte de mi tiempo a resolver este tipo de dudas. Lo que me pasaba era algo así como cuando a uno le preguntan “¿cree en Dios?” y, si su respuesta es “no”, continúan preguntando “¿por qué no cree en Dios?”. Vienen a la mente entonces tantos argumentos, razones, conjeturas, hipótesis o simplemente creencias que es complicado darles un orden lógico que otra persona pueda entender.

Algo así me sucede cuando me hablan del “voto”. Pero para poder explicarle a alguien mi negativa ante este importante derecho tengo que empezar hablando de la “democracia”. Aunque a todos nos enseñaron que era buena, nadie nos dijo por qué. “Democracia” es una palabra griega que significa “el gobierno del pueblo”; definición que adquiriría cierta relevancia si tenemos en cuenta que la población ateniense del siglo V a.C., momento de su máximo esplendor, no superaba los 300.000 habitantes y tan sólo el 1% o 2% de la población contaba con derechos políticos. Así, el destino de ese gobierno estaba en las manos de unos 3.000 o 6.000 hombres que intentaban ponerse de acuerdo en la toma de decisiones. Ese tipo de modelo se conoce como democracia directa y es el resultado de un consenso en el que todos los miembros de una sociedad tienen el poder de decisión.

En un caso contemporáneo, como lo es el colombiano, el modelo político se adapta mejor a la llamada democracia indirecta o representativa en la que un colectivo se reúne para elegir a un representante que termina siendo su voz ante los entes encargados de la toma de decisiones. El tipo de colectivos al que nos inscribimos como ciudadanos en el ejercicio de la representación política es el Partido Político. Se supone que este tipo de organización agrupa a cada una de las facciones de la sociedad y su objetivo es lograr consensos que apunten a un bien común.

Estemos o no de acuerdo con este modelo utópico -y el punto es quizá hacer énfasis en esa utopía- mi problema surge en el momento en el que, a través de la idea de la representación, se considera plausible que un colectivo o, en el peor de los casos, un solo individuo pueda “representar” la voluntad de otros. Este tipo de modelo considera a la persona como un agente inmutable y la clasifica en segmentos rígidos que puede dirigir y manejar a partir de principios concretos; principios  a los que apuntan los partidos políticos para representar a dichos individuos clasificados por el modelo mismo. Sin embargo, considero que el sujeto se encuentra en un proceso de constante construcción y deconstrucción, pues continuamente muta y se transforma. Estos procesos no sólo responden al momento de la vida del ser humano, sino también al tipo de identidades a las que una persona se inscribe en cada uno de estos momentos. Es así como un individuo puede ser a la vez trabajador, futbolista, vecino, comprador o empresario, por lo cual su identidad, o mejor, cada una de estas identidades responderá a necesidades y deseos propios y específicos. En este sentido, la democracia representativa carece de la posibilidad de adaptarse y moldearse a estas nuevas circunstancias; a la diversidad y multiplicidad que puede encarnar cada persona que el modelo democrático pretende representar.

Pero sería un error pensar que la democracia tampoco ha cambiado. Por el contrario, creo que sí lo ha hecho, pero ha tomado una dirección que se aleja cada vez más del individuo y, en cambio, responde a la masa. Al juego de la democracia contemporánea se han sumado nuevos actores, como los medios de comunicación,  en la interacción entre la sociedad civil y la esfera política. Estos medios, en su rol de mediadores, precisamente modifican dicha interacción entre la sociedad y sus representantes. Así, si a medida que crece una población los puntos de contacto con sus gobernantes se vuelven cada vez más lejanos y sólo un grupo reducido de personas puede acceder a ellos, los medios de comunicación se vuelven los interlocutores a través de los cuales los políticos muestran sus acciones y los ciudadanos ejercen su veeduría. No obstante,  los medios responden a sus propios intereses y ejercen una labor que no les corresponde, lo cual hace de la política otro producto del espectáculo. Son estos los jueces de los políticos y los representantes de la sociedad; mueven a la masa a su antojo y le restan importancia a los intereses particulares; abogan por un interés común que ellos se han encargado de formar.

Un claro ejemplo de esta situación fue el caso del Partido Verde en las elecciones presidenciales colombianas del año 2010. En ese entonces su candidato presidencial era Antanas Mockus y su cúpula política estaba conformada por un grupo de reconocidos exalcaldes de las ciudades más importantes del país. Tanto el partido como su candidato se presentaban como una opción alternativa y planteaban una nueva forma de ver, entender y hacer política diferente a la que venían ejerciendo los partidos tradicionales. Esta nueva opción no sólo llamó la atención de ciertos sectores de la sociedad civil que, cansados de lo mismo, esperaban un cambio en la forma de hacer política en Colombia, sino que también movilizó a un importante grupo de ciudadanos escépticos, especialmente jóvenes, que no veían en el voto una herramienta efectiva de cambio.

Más allá de las propuestas políticas que presentó el partido, la llamada “ola verde” -nombre que se le dio a la movilización política- fue el resultado de un boom mediático que se generó desde las redes sociales y se expandió por radio, impresos y televisión. Este movimiento se vio reflejado en un comportamiento social simbólico, representado por el uso de camisetas y manillas verdes y por la utilización del girasol como elemento de identidad  de  los seguidores del partido. Pero tan rápido como creció el movimiento se terminó derrumbando a manos de los mismos medios que lo hicieron crecer.

Unos meses antes de las elecciones presidenciales, los canales de televisión privada organizaron una serie de debates políticos. En estos se esperaba que cada uno de los candidatos expusiera su plan de gobierno en intervenciones de no más de cinco minutos. Al no tener el tiempo suficiente para dar a conocer sus proyectos, los aspirantes a la presidencia dejaron las propuestas políticas a un lado y centraron su estrategia en mejorar su imagen personal ante las cámaras. El público medía la seriedad y efectividad de sus planes de gobierno a partir del tono con el que los candidatos desarrollaran sus respuestas.

Fue en ese momento en el que los candidatos convencionales sacaron a relucir toda su pericia y lograron que, al cabo de unas semanas, los debates se convirtieran en shows mediáticos que desviaban la atención del público de las explicaciones de sus planes de gobierno. Los temas de forma eclipsaron los temas de fondo, lo que hizo de los debates el mejor reality y  los más altos ratings de televisión. Al final, el panorama político cambió radicalmente; el Partido Verde quedó fuera de escena y el partido de gobierno en la presidencia. En resumidas cuentas, la gente se divirtió y nada cambió.

Entonces, cuando me preguntan que por qué no voto, no puedo decir otra cosa que porque no siento que el voto me de un poder de decisión o porque no considero que aquel que me represente esté velando por mis intereses. El poder no debería residir en el pueblo -si es que alguien sabe qué quiere decir eso-, sino en cada uno de nosotros. Y con esto no estoy planteando que terminemos con las formas de organización social existentes, sino que creemos sistemas de representación directos en los que nuestro acceso al poder no se limite a la elección de un representante con el que nunca tendremos contacto o un partido que no nos permita pensar diferente. Creo que es una tarea titánica que no resolveré en este artículo, pero con el sólo hecho de sembrar la duda en el lector con respecto a las bondades de nuestro sistema político y hacerle pensar en la posibilidad de que puede ser mejor, me doy por bien servido.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Paloma dice:

    Qué simpática (o mejor, aterrada) es la cara de la gente cuando uno afirma que no vota, que no cree en el voto. Muy interesante el artículo. Ojalá este tipo de reflexiones se difundieran más… Y aquí va un excelente libro sobre el tema, aunque algo difícil de conseguir en español: http://www.amazon.com/Democracy-State-Directions-Critical-Theory/dp/023115299X/ref=sr_1_2?ie=UTF8&qid=1341324902&sr=8-2&keywords=democracy%2C+in+what+state%3F

    1. josdss dice:

      Paloma, muchas gracias por tu comentario. Se ve muy bueno el libro que me recomendaste, me interesa conseguirlo. Te contaré cuando lo lea.

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